Cosas de la edad

         A punto de llegar al sexenio, echo la vista atrás y deduzco que con toda seguridad habrán existido vidas más interesantes que la propia, pero eso no quita que la mía haya sido un no parar.

        Quizás por eso, a veces me descubro preguntándome ¿dónde están mis últimos veinte años? Y es que a partir de cierto momento, que no sé indicar con exactitud, el tiempo marcha más deprisa, o eso me parece.

        Decía que mi vida no ha estado exenta de sobresaltos, y no puede ser calificada de rutinaria, al contrario, ha comprendido y comprende, un contenido denso.

        No haré mayor mención a sucesos y acontecimientos personales que a todos nos ocurren, como cambios de residencia, cambios de domicilio, estudios y otros de carácter particular, por más que hayan tenido su aquél.

Me refiero especialmente a los cambios desatados que se han producido en esas casi seis frenéticas décadas.

Aunque no lo recuerdo fielmente, deduzco que la aparición del uso cotidiano del plástico (ahora el nuevo cambio va en la línea de su eliminación) tuvo que ser en los primeros años del trayecto; y esa presunción la baso en que mis primeros juguetes eran de madera o metal, pasando luego a serlo de plástico.

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Pero si alguien pensaba que ya habíamos agotado las variaciones, se equivoca. Faltaba por llegar, y llegó, el teléfono móvil, que ha alterado definitivamente, aunque no siempre para bien, nuestras vidas.

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Otro tanto ocurrió con el teléfono y el coche. Es verdad que existían, pero alejados de las personas de a pie. Teléfonos particulares sólo los tenían algunos, incluso su obtención estaba sometida a largas listas de espera o a importantísimas recomendaciones. Tan aislada era la tenencia y disfrute de teléfono, que para recibir una conferencia había que acudir a un locutorio público a una hora determinada. El proceso, aunque distinto era similar para el acceso a la compra de un vehículo. Sin embargo, el uno y el otro, hace décadas que se convirtieron en productos accesibles y normalizados.

Incluso es aplicable lo anterior a la televisión, -que vino precedida del paso de las radios de siempre al transistor-, para asumir avances, primero discurriendo del blanco y negro al color, para proseguir con la introducción del video, hasta llegar a las formas de televisión a la carta que imperan, si las pagas, en la actualidad.

Esas mutaciones se vieron salpicadas, entre otros acontecimientos, con un cambio de Régimen, Constitución mediante, e intento de golpe de Estado. Y así se llegó casi si solución de continuidad, a la vorágine de cambios de intenso calado.

Primero fue el ordenador personal y a continuación el fax. Ambos rozaban ya lo taumatúrgico y sobrenatural.

Quedaba sin embargo llegar a lo que, para mí, supone algo de la misma importancia que el descubrimiento del fuego o el invento de la rueda. Sí, efectivamente, hablo de internet y todo lo que proyecta sobre la vida cotidiana.

Pero si alguien pensaba que ya habíamos agotado las variaciones, se equivoca. Faltaba por llegar, y llegó, el teléfono móvil, que ha alterado definitivamente, aunque no siempre para bien, nuestras vidas. Su importancia estriba no tanto en la posibilidad de efectuar llamadas desde cualquier lugar, como en todas las aplicaciones que desarrolla, a muchas de las cuales no hemos tenido más remedio, en mi caso muy a mi pesar, que acostumbrarnos.

        Por eso, el haber hecho frente a todos estos avances, sin enloquecer del todo, debe de conferir, a quien lo merezca, la facultad implícita en el dicho de más sabe el diablo por viejo, que por diablo.

        Y desde esa perspectiva, acaso presuntuosa -me refiero a lo de viejo no a lo de diablo- quiero exponer en un futuro próximo, mis puntos de vista sobre distintas cuestiones. Eso sí, con sumo cuidado porque tal y como están las cosas y como parece que van a seguir produciéndose, lo de expresarse, si supone alejamiento de la línea de pensamiento oficial e impuesto, en ocasiones conlleva sumo peligro.

        Almería, diciembre 2019.

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